• A Fondovolver

    Domingo, 30 de junio de 2013

    Una vida singular

    María Isabel Figueroa fue una madre de desaparecida, y aunque no se cubrió con el pañuelo su lucha constituyó una épica donde lo asombroso y lo cotidiano se mezclaron, como pasa con la mayoría de las historias de familia.
     

    Luchadora. Isabel de De Marinis siempre estuvo en primera fila en defensa de los derechos humanos.

    Por Hugo De Marinis/ Adriana Spahr
    Fragmento del libro madre de mendoza, Vida de María Isabel Figueroa

    Las tres madres, de Madres, que quedan (2012) en Mendoza son adorables. Fueron, son y serán inobjetables. Sus figuras y organización, lejos de la sabelotodo y hacelotodo capital del país, son capaces de motorizar en la provincia las movilizaciones más numerosas, pulcras e incuestionables que jamás sucedieron, distinción que comparten junto a los otros grupos de derechos humanos. Pero con todo y la dedicación de los otros organismos, se descuenta el liderazgo e influencia de Madres.

    Nada de mérito contemporáneo ni intención de imponerse en ningún torneo el hecho de no vestir el pañuelo, como se verá. Pero esta madre decidió no ponérselo, salvo una vez, según confesó en las conversaciones que mantuvimos para este libro, no recuerda cuándo exactamente. Al respecto ofrece una primicia que quizá nos sorprendió pero que al mismo tiempo reveló en toda su intensidad –como suele observar su nieta Paula– la contracara de la figura del héroe moderno.

    Ramón Ábalo menciona el incidente de la división en Mendoza entre Madres y Familiares en unas conversaciones que plasmamos en otro libro del año 2008, pero en la ocasión no nombra a esta madre ni las ramificaciones íntimas en la conducta de quien tomó esta decisión. Ábalo cuenta cómo fue que nació Madres por una diferencia –él dice una “táctica”– que se dio en los tiempos de la dictadura y que redundó en una pequeña desavenencia temporal. Hoy ese hecho solo forma parte de la vida privada de las organizaciones de derechos humanos y que se conozca no causará estrago alguno en las trayectorias de las dos organizaciones.

    ¿Por qué mentar esto precisamente ahora? La historia no va a cambiar por lo que se revele aquí. Tampoco quisiéramos que cambie porque al escribirse estas líneas, gracias en gran parte a Madres, la historia en nuestro país parece

    El haber comenzado a tener en cuenta a las mayorías. Pero lo mentamos mínimamente porque esta actitud define a María Isabel Figueroa, encarnación de uno de los símbolos más reconocidos de la lucha de los organismos mendocinos, la madre de la Lila arrancada de su hogar ante sus propios ojos. La madre a quien el secuestro de su hija favorita le puso patas arriba, como a tantos, la placidez de su vida. Pasó de la seguridad muelle de la cotidianidad familiar a una vida semipública repleta de sucesos difíciles y dolorosos, y otros recientes, más amables, de reconocimientos, distinciones y homenajes merecidos pero nunca buscados. “Isabel”, como se bautizó ella misma y la nombran sus compañeros de lucha, es una persona a la vez sociable e intransigente en su bajo perfil. No caben dudas de su gratitud por el comedimiento de que la festejen, pero podría vivir a la perfección sin tanta alharaca.

    Isabel no quiso irse con quienes iban a constituirse después en las legendarias Madres locales. Decidió permanecer luego de aquel momentáneo desencuentro en el grupo Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas (Familiares) porque le pareció justo y porque se empeñó en un momento muy comprometedor, en devolver lealtad a quienes le tendieron una mano cuando parecía que el resto del mundo –conocidos, amigos y hasta parientes– se la retiraba. Sería sesgado para mí afirmar en este caso que haya procedido con corrección, pero sí actuó creyendo en premisas que junto a mi padre trataron de inculcarnos siempre. Esas premisas que hacen sentir a sus hijos un orgullo a prueba de balas de tenerla como madre.

    * * *
    Me llamó poderosamente la atención, cuando regresé a Mendoza por primera vez en 1984 que en su nuevo círculo de amigos la nombraran “Isabel”. Hasta que dejé el país, sus amigos, mi padre, otros familiares y demás conocidos le decían Ñata. O doña Ñata, o Ñatita, como solía llamarla mi abuelo, don Felipe Benicio Figueroa.

    Me aclaró durante la visita de ese ’84 que Ñata nunca le había gustado. Sospecho que, aparte de eso, atribuía al sobrenombre una vulgaridad que no se compadecía con ella ni con sus flamantes actividades sociales ni con sus nuevas relaciones. No se identificaba con el apodo y ya que ingresaba en una diferente rueda de afectos, decidió empoderarse eligiendo su segundo nombre para que la designaran.

    Ha tenido bastante difusión en nuestra sociedad respecto de las madres de los desaparecidos la metáfora –como contrapartida de lo abominable– de que la desaparición de los hijos durante la dictadura simbolizó un nuevo dar a luz, pero invertido: los hijos en su martirio, permitieron el nacimiento de sus madres a otra vida en esta tierra. En lo personal, la metáfora –desde que supe de ella– se me antojó exagerada, aunque reconozco no haber ahondado demasiado en su significado. Ahora veo que en cierta medida se aplica a las circunstancias que se impusieron sobre Isabel, de nuevo, como a tantas otras.

    * * *
    Hay una línea de trabajo entre los que intentan ficciones o traman historias reales o inventadas que sostiene que toda vida es un universo y que basta con hundirse, con preguntar, con dejar hablar a esa vida para descubrir acontecimientos extraordinarios, dignos de novela. “Isabel” sí nació, o se transformó, en la leona que perdió su cría cuando ocurrió el secuestro de Lila. Pero su existencia anterior también contribuyó a determinar su conducta luego del aciago hecho.

    Al desgranarse como una catarata en la que se superpone lo que recuerda, y lo que recuerda que le contaron sus mayores, desde sus antepasados a las estrecheces y fantasías de su primera infancia, desde las aventuras montañescas junto a su familia –pasando por pérdidas muy sentidas desde la adolescencia– hasta el sacrificio para obtener su título de maestra, y lo que vino después: el casamiento, la llegada de los hijos, los vaivenes económicos y finalmente la explosión que derrumbó a su compañero de toda la vida infligida por el terrorismo de estado. La suya constituye una épica donde lo asombroso y lo cotidiano se mezclan, como pasa con la mayoría de las historias de familia.

    El después de aquel punto de inflexión le supuso un desafío extraño y doliente –aprender a remar contra lo injusto y lo retrógrado naturalizado aún en su propia formación– en un momento en que para toda vida madura y normal el destino debería haber sido otra cosa.

    Suele decir “Isabel” en estos días que la atención centrada en ella –distinciones, premios, reconocimientos, reportajes, artículos periodísticos, radiales y televisivos, exacerbados en 2011 por la segunda condena a genocidas mendocinos– sucedió porque en Mendoza ella es la más vieja, quizá una de las mayores en todo el país. Navegando por su novena década se apresurará a marcar con lucidez el bajo perfil que la singulariza: hay otras historias más importantes que la suya. Seguro que tiene razón; todas las Madres, todos los familiares, todos los que participaron en esta lucha tienen el derecho (y si se quiere, el deber) de contar lo suyo, que no significa sino forjar identidad y construir la pertenencia a la comunidad. De hecho hay varios que lo vienen haciendo con gran mérito. Por ahora, sin embargo, vamos a ocuparnos de ella con su propia voz, con las de sus seres queridos y con las de aquellos cercanos que se han avenido a conocerla –antes, durante y después del secuestro de su hija– y que han querido prestar su testimonio para lo que sigue. Pero no sólo su historia está aquí: también la de Lila, la de la familia, la de un pedacito de Mendoza y las de otros casos de desapariciones en la provincia (gran parte de estos últimos en los anexos).

    Quién iba a decir que sólo e increíblemente se tratara de mi señora madre.